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Dibujo: Paula de Miguel Poema: Magdalena S.Blesa

En ocasiones, el perfil de una persona ya fallecida, aparece activo en mi Facebook y no tan solo a horas intempestivas, sino a las más comunes como en la sobremesa de un sábado cualquiera. De hecho, mientras escribo este párrafo, me asomo a esa ventana que dicen abierta al mundo y ahí está. Al mundo y al más allá, será la ventana.

Grande-Marlaska me envió hace ya tres años un mail, pues una amiga suya, muy conocida, le hizo llegar un post que escribí sobre su libro Ni pena ni miedo. Para escribir este libro, me decía el autor, me he puesto frente al espejo con toda la sinceridad de la que podía hacerme cargo. Muchas veces he desmenuzado cada una de sus palabras, que me acompañan como los estribillos de su amigo Sabina, en ocasiones por lo que dicen, las que más por lo que me recuerdan. Nada fuera de contexto, y sin embargo, que contexto tan amplio.

En ese tiempo, el juez, gozaba de la admiración y respeto de gran parte de los españoles por la instrucción de causas sin conmiseración contra la banda terrorista ETA. Actualmente, con el velo de la política que empaña todo aquello que arropa, es más difícil verlo sin que los colores de las gafas posicionen la mirada. En el agradecimiento me encuentro cómoda, por lo que para mí es el escritor de un libro valiente, que me regaló un buen puñado de palabras, generosas y lúcidas, que atesoro con gran humildad.

Toda la sinceridad de la que podía hacerme cargo.  

Una cantidad bastante razonable, cuando has de recordar episodios de tu vida con personas que ya no están, excepto en Facebook.

Tanto me inquieta este hecho que lo he consultado con una licenciada en derecho versada en el tema. ¿Qué ocurre con nuestras cuentas en redes sociales si la muerte llega de forma inesperada? La cuestión se encuentra en un barbecho afanoso.

Cada red tiene sus propios criterios; Facebook ante el fallecimiento certificado de un usuario opta por convertir la cuenta en conmemorativa. Una lápida virtual, s. XXI, donde dejar tus mejores deseos y compartir imágenes, a no ser que un familiar o apoderado realice las acciones pertinentes para eliminarla o que el interesado hubiera dejado constancia de sus voluntades en cuanto a patrimonio digital. Tenemos derecho a la protección de la llamada personalidad pretérita, la Memoria Defuncti.

La herencia incluye todos los bienes, derechos y obligaciones de una persona que no se extingan con su muerte. Si no nos manifestamos sobre nuestra voluntad acerca de nuestra huella digital, tanto empresas como los adjudicatarios de nuestros bienes pueden ahondar, velar o modificar aquello que en vida presumía ser una banal exposición mediática y post mortem pudiera ser el descubrimiento de un refugio de confesiones, implicación de terceras personas o el más íntimo diario de ansiedad y abismo a la locura.

Por lo que, de momento, la solución siempre ronda alrededor de memorias testamentarias formuladas en vida.

Para mi caso, serviría de consuelo constatar que esa cuenta está cerrada o inactiva, que solo aparece ante mí, no con forma borrosa en medio de la oscuridad, sino con una cara sonriente sobre un puntito verde que me dice, sigo aquí, mucha fuerza con todo, hasta donde nadan las ballenas.

La opción más funesta es que son aquellos que se hicieron cargo de sus más íntimas pertenencias, imposibilitados para cerrar las heridas, los que velan incrédulos su ausencia, releen sus ocurrencias, miran las fotografías y recuerdos que la viciada red devuelve, como si estuvieran abrazados a esa camisa blanca siempre impoluta que lleva su olor.

Al fin y al cabo, no hay nada más ilusorio que las redes sociales, reuniones de avatares hechos a medida para gustar o para polemizar, una valla publicitaria en Pandora, donde el producto somos nosotros mismos y el peligro no está en crear sino en creer toda esta quimera. Una vez que das tus datos, ya es tarde para ser un astronauta perfecto, que navegue sin dejar huella, que diría mi amigo Hilario. Tan solo queda el consuelo egoísta de saber que es asequible amar sin prejuicios al que ya no tiene vida.

Pero esto, pudieran ser suposiciones, pues está sujeto a la sinceridad de la que en este momento puedo hacerme cargo.

“Cuando llegue la primavera, si ya me he muerto, florecerán las flores de la misma manera y los árboles no serán menos verdes que la primavera pasada. La realidad no me necesita” F.Pessoa

M.J.Trinidad Ruiz