Su pijama hace tiempo que no se arruga. Se acuesta lentamente, boca arriba y con los brazos pegados al cuerpo, como si estuviera preparándose para el ataúd. Es joven y sano, por eso piensa tanto en la muerte. Y en Fernando. La elección despreciada, el dulce sueño de lo que hubiera sido que en la lejanía se antoja rabioso y bello. Reconstruye su no historia una y otra vez, tiene sus no hijos con Fernando,  va a trabajar a su no trabajo,… ríe, llora y tiene problemas en su no vida. Ahí, en la nada que es su todo, no compra ningún libro y se visualiza con una mancha siempre en la camisa. El encanto perdura en lo que nunca fue.

Ella recela de sus pensamientos sin conocer siquiera qué  los ocupa, pero sea lo que sea hace tornar la comisura de los labios de su marido. Ligeramente. Hacia arriba. Como las torna en las noches que duran muchas horas y las lágrimas muchos días.

Le ha visto la cuerda escondida en el baúl de la cochera y no va a hacer nada. No quiere saber lo que sabe, porque llegado el momento desea llorar bajo el manto de la ignorancia que siempre nos exculpa de todo.

No sabe que traje ponerse, si el de la lástima o el de la venganza. Pero tiene la seguridad de su imagen erguida frente a la de él tumbado. Y eso le hace tornar la comisura de sus labios. Ligeramente. Hacia arriba.

 

 

 

 

 

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