IMG_7296No siempre he vivido en este soberbio caos, en el que nado como cuitado pez y el que siempre he criticado y visto como desastroso mundo de perdedores y desgraciados. Crecí feliz, con una familia con principios, con normas, con la seguridad de que siempre están, con rectitud y disciplina, terminé mi carrera y conseguí un puesto fijo en la administración pública, que si bien no ganaba mucho, tampoco el esfuerzo era descompensado. Tuve dos hijos, capeando avatares diarios, más nos mantuvimos férreos y mis hijos repitieron mi vacua historia, estudiando, creciendo en el camino marcado, con mis principios, con mis normas, bautizados, comulgados y hasta casi caso al mayor. Yo, casi le caso, yo. Él se dió a la fuga y su huida fue mi comienzo, el punto cero donde tuve que restablecer mis valores, abrí mi caja de los miedos y empezaron a salir a borbotones, apretujados, hediondos, con cicatrices, enquistados, y algunos ya con pinta de rancio fantasma, que daba más pena que miedo.  La soga que sujeta, siempre aprieta, me decía mi abuela en sus últimos años, cuando el alzheimer la tenía encerrada en su propio mundo, triste para los demás, y lleno de melancolía y sabiduría para ella, sin memoria pero henchida de sentimientos. Ahora que había descubierto muchos secretos de este mundo, estaba preparándose para  marcharse.

  • – La soga que sujeta siempre aprieta.  
  • – Abuela, que cosas tiene, claro que aprieta, por eso sujeta.

No desentrañaba yo significado en tanta simpleza. Tampoco en ese momento tenia rozaduras de sogas, pues recien puestas, sólo sujetan. Amigo lector, ésta es la trampa de la vida.  Tu estabilidad: tu talón de aquiles. Tu seguridad: la merma de tus alas. Tu protección: tu jaula. En la vida puedes tener de casi todo, pero pocas cosas a la vez. La juventud y la experiencia, pocos años se dan la mano.

Pérez Reverte le confesaba a Sabina, que la trampa de la vida son los hijos. De bucanero a bucanero, hombres que desarrollaron sus vidas libres y hueras de ataduras, todo llega, hasta el momento de tener algo que proteger, que se convierte en tu felicidad plena y en tu motivo de preocupación a la vez.  Para él, ésta es su soga, su vínculo a la vida y a la que se aferrará cuando nada merezca la pena, pero también, su motivo por el que no puede mandar todo a la mierda si le apeteciera, pues su decisión causaría daños colaterales a quién más ama.

Todo círculo que teje hilos alrededor de tu conciencia, tus ideas, creencias, valores y principios,  cualquiera de ellos, que vierten en tu visión del mundo la verdad omnipresente del que te quiere y te intenta proteger, hace que registremos lo bueno y lo malo, etiquetemos simbólicamente, creemos posibles e imposibles,  aceptemos capacidades e incapacidades, desarrollando un rol, una personalidad que se puede convertir en personaje. No siempre tu imagen es cierta, y cambiarla tampoco es siempre posible. Ni siquiera tú mismo eres del todo cierto. Estás lleno de contrariedades, de supuestos yo a los que muestras, desfiguras o disimulas, dando forma a tu verdadera personalidad aunque para ello has de ser valiente. Desaprender para crecer, despojarte de hábitos y vetustas costumbres, que tal vez nos fueron útiles ayer, pero hoy se quedaron obsoletas.

La seguridad y estabilidad como fin requieren de orden y fronteras. Hay que armarse de generosidad y coraje, para ceder en lo prescindible sin dejar de lado aquello necesario para que tu ilusión  perdure.

– No abuela, no asistió a la iglesia.

– Desvergonzado

Sí, tienes razón. Desvergonzado, por fin. Él no quería casarse. Lo sé, desde el día que me presentó a esa chica. Es guapa, elegante, culta, desenvuelta,… pero él no quiere eso. Él sólo quiere ser libre. Libre de una forma que yo no entiendo y que está fuera de mi comodidad como madre. Libre de mis ataduras morales, de mis complejos y normas, que ha llevado minuciosamente, porque me ama como hijo y no quiso decepcionarme. Sentar la cabeza para él, no será nunca lo mismo que para mí. Suerte la suya.  Dime abuela,  tú que ya lo ves todo mejor desde ese otro lado, ¿crees que soy demasiado mayor para soltar amarras? He sobreprotegido a mis hijos, obligándoles a construir sus propias prisiones, subestimando sus posibilidades, y las mías a la vez. Busco en lo más profundo de mi persona, para encontrar mi felicidad y sólo quiero pintar, abuela. Pintar, eso es, pintaré, cárceles de espuma, de las que salir sea sólo dulzura.

“Y al final tuvo que aceptar que la razón en realidad no vale nada porque los instintos son más fuertes” Sándor Márai.

María José Trinidad Ruiz.