En noticias recientes encontramos este titular tan tremendo como simple puede parecer a primera vista: “La pobreza también se hereda”. Comprendemos que el que nada tiene, nada deja, pero no es ese tipo de pobreza al que se hace referencia, si no de personas que viven en condiciones de sanidad, higiene y alimentación por debajo de los límites establecidos como mínimos para cualquiera de los que podemos estar leyendo este artículo.

Según los trabajos presentados sobre este tema y estudiando las causalidades de la transmisión de la pobreza entre generaciones, hay un punto en el que varios de los estudios se ponen de acuerdo y que a mí me resulta el más estremecedor y me llega y golpea el corazón y es que no se hereda tan sólo  el hecho económico si no también la actitud con la que los hijos que han vivido situaciones de pobreza, se enfrentan en el futuro a la misma realidad de sus padres. La asumen y la hacen suya, como situación innata en la naturaleza de su persona. “Soy pobre, mis padres lo fueron pero mis hijos no lo serán”. Pero eso no es así. Sus hijos también llevan grabados en su conductas  la pobreza  como opción y forma de vida. La pobreza, aislando la situación económica y formación y estudios de los padres, también es un factor genético heredado. Quién ha sufrido pobreza en su adolescencia, posee un 25 % más de probabilidad de sufrirla en su madurez. Las prácticas y conductas aprehendidas durante la infancia y adolescencia son las herramientas que poseen los componentes del patrimonio humano del futuro de este mundo para hacer frente a las adversidades. Quien vive o ha vivido en un ambiente hostil, castigado o resignado y sin ganas ni fuerzas para luchar, crece creyendo que ese es el camino, probablemente renegando de él, pero nunca sin hacer nada para cambiarlo.

Esto una vez más nos lleva a la conclusión de que el fomento de la educación y la inversión de tiempo en formación es el camino, pero como instaurar la educación del esfuerzo y trabajo, de la no resignación, de la constancia y el buen hacer, cuando estamos hablando de personas que no tienen hogar, aunque en el mejor de los casos pudieran tener techo. Cómo enseñar habilidades y recursos para andar hacia delante a personas que se pararon y se dieron por vencidos o peor aún, fueron sus padres quienes lo hicieron y ellos ni siquiera saben que existe otro camino.

En este punto, los que estamos de espectadores de este espectáculo bochornoso debemos actuar. En primer lugar y como acción necesaria, aquellos que nos gobiernan y representan. Existen ciertas políticas que evitan la movilidad socieconómica, creando clases sociales muy definidas e imposibilitando que se pueda salir de las más desfavorecidas. En las regiones donde existen altos niveles de desigualdad, hay menor desarrollo económico y como consecuencia menos opciones de salir de situaciones de pobreza.

Y si la empatía con el prójimo no es nuestro fuerte, podemos ser egoístas y pensar que tal vez no es una realidad tan lejos de la nuestra. El responsable de Assis, un centro de acogida de Barcelona, nos dice que muchos “sin hogar” eran como nosotros, son como nosotros, que nunca creyeron verse en esta situación. Que a veces los mira y tienen actitudes de personas tranquilas y felices, aunque es sólo una fachada. Los mira y se pregunta ¿cómo pueden ser felices viviendo así?.

Yo me pregunto que ellos cuando nos vean, totalmente ajenos a su realidad, ignorando su presencia y saturados de cosas materiales, también se preguntarán ¿pero cómo pueden ser felices viviendo así?

M.J. Trinidad Ruiz.

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