Noción abstracta que más allá de su apariencia, su grandeza está en su contenido. La belleza es el fin,  no el camino, es la obligación del que crea, su deber de mostrar al mundo el don que posee.

Nace y pace sin ruido ni consciencia en la ternura innata, en  manos de artesanos, en mentes talentosas,  artistas, exiguos visionarios o en la madre naturaleza, pero también otros, con legados más modestos, consiguen abrazarla tras largos peregrinajes.

De todas sus formas, amo la más voluble. Las palabras. Resuenan en tu cabeza por siempre y acrecentan su riqueza con el paso del tiempo; la memoria va desechando lo inútil y se queda con la esencia, con tu belleza. Perpetua condena la que de palabra se hace, por escrito, con destruirlo sería suficiente. La palabra toma asiento en ti, cómoda invitada que hurga  en el alma, y allí permanece desees o no. Respira hondo amigo, todo pasa, más ella contigo. Lo que en la leche se mama, en la mortaja se derrama.

Cierto es que la apreciación de lo bello no es congénito en el ser humano. Observar y ser receptivo  a la belleza implica albergar algo de ella sí mismo. Abrirse a la vida, quitarse capas y poner verdad en tus actos, en tus obras. Algo de verdad, ya es verdad.

Holden Cautfield es un implacable perseguidor de la belleza. Ese  neurótico adolescente que Salinger hizo tan ancho que cabemos todos dentro. Él aparta a cada paso la simplicidad de las personas que se encuentra en el camino, le horrorizan los mediocres. Su interés se alimenta de la autenticidad de los que le rodean, aunque rocen una locura siempre cuestionable . ¿Valentía? ¿Cobardía? ¿Inestabilidad? ¿Depresión? Lucidez.

Cautfield tiene sueños que no comparte. Sueña con salvar niños del precipicio. Niños que juegan entre el centeno ajenos a normas, a límites y roles impuestos e ignorados aún por ellos. Niños que corren y chillan y ríen y viven y con tanta algarabía olvidan el abismo lindante al que asoman creyendo ser sempiternos. Él los agarra y los salva, a ellos, o tal vez lo hace a sí mismo. Los devuelve a la plantación, volviéndolo a hacer una y otra vez de forma incansable siendo éste su horizonte y su felicidad. Siempre habrá niños que salvar y él estará ahí.  Esa es su belleza, ser El guardián entre el centeno.

La locura al igual que la belleza reside en sus formas más diversas en todos nosotros.  Cautfield es consciente de su locura, porque tiene la capacidad de ver con claridad la de los demás.

El camino hacia la belleza a paso cautivador a paso lacerante pero siempre satisfactorio.  Catherine Meurisse, periodista de Charlie Hebdo, en su búsqueda para salir de la depresión y el vacío a la que fue arrastrada tras la tragedia vivida por el ataque terrorista al periódico, se entrega el dibujo desde el corazón, a la búsqueda de la belleza  como único remedio curativo y salvación de su persona, sin tanto ver en ello su vida. Sus viñetas de La Levedad se agarran al corazón, pero no fuerte, no oprimen, más bien con timidez, pidiendo permiso, con dulzura, ya están dentro.

Tengo el ejemplar de Charlie Hebdo que compré en Montmartre hace dos años, en mi mesa, como si fuera una estampa religiosa que una señora mayor me ha regalado para que me proteja y cuide. Veo belleza en las migajas pero me cuesta encontrarla en los banquetes y tengo un resorte ávido que me aprieta la garganta, me golpea la sien y me vapulea la conciencia, cuando la fealdad más cruel impregna lo que tengo delante. No estoy segura de haber creado belleza o de si algún día la crearé. Sé que la veo, la siento y la disfruto, en personas, en lugares, en momentos y en palabras.

Con ello me basta. Sé que nunca dejará de crecer el centeno.

“Reivindico el espejismo
de intentar ser uno mismo,
ese viaje hacia la nada
que consiste en la certeza
de encontrar en tu mirada
La Belleza… ” 
Luis Eduardo Aute

M.J. Trinidad Ruiz

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