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castúo, Jane Austen, Orgullo y prejuicio, Risk, Tontxu, vida

En esto de la vida, los juegos de mesa como el Risk, pueden resultar ser uno de los más gratos refugios contra la melancolía. Así como lo es el matrimonio contra la necesidad, que diría Jane Austen.
Los inicios prometen, y aunque el orden de salida ya marca la diferencia, aguantamos el tipo mientras veamos posibilidades de seguir en el tablero. La astucia o la simpleza que, como el Guadiana, aparecen y desaparecen (incluso en la misma persona), permiten despuntar a unos en detrimento de otros y aquí es donde comprobamos que el peso de las decisiones que se toman es mucho más importante que la situación donde se esté.
A la hora de planificar estrategias, de avance, defensa o ataque, las alianzas son la carta más valiosa y se han de aprovechar los tiempos prósperos para sentar las bases con buenos camaradas. En el caso de llegar al último tercio del juego sin ellos, asegúrate de tener razones de peso para ser tú un compañero deseable. ¿Dinero? Por ejemplo. ¿Carisma? Tal vez. ¿Poder? Siempre.
Atacar. Tercero en la tríada junto con comer y rascar. De la timidez a la saña, solo hay un escalón de orgullo y prejuicio. Austen siempre está presente.
Cuando logres asegurar tus mínimos te tentará pedir una excedencia de al menos media vida para disfrutar lo conseguido, detenerte en Europa del Norte y visitar las ciudades flamencas, pasear por la campiña romana buscando el mejor sitio para comer ragú, rastrear mercadillos para comprar achiperreh inútiles y terminar bebiendo vino de arce en Ontario pero ¡ay! te toca el turno y se acabó el fluir.
Juega con alegría, protege lo que ganes, oculta que pierdes, conquista de nuevo, mala suerte, buena suerte. O tiras o te retiras. Empieza a ser dudoso tu control sobre el juego. A no ser… que hagas un cambio kaizen (Ikigai, H.García y F.Miralles) es decir, un cambio radical que puede ser… Cuatro, has sacado un cuatro.
Y al final del juego la victoria. ¡Qué mal posicionada está con lo bella que es! Al final de la partida, más agotados que emocionados, a un paso de cerrar la caja, revives tus mejores jugadas: las risas, la picardía, la complicidad y la ternura. Solo perdió quien no quiso jugar.
Sí, se parece a la vida, pero esto es el Risk, que es mucho más sensato. Lo disfrutamos con pasión y arriesgamos sin temer porque sabemos que aunque el tempo del mismo le haga parecer eterno, a lo sumo dura tanto como aguantes el envite del sueño, si mal antes, cuando menos lo esperas, el que era tu aliado te ha dejado fuera del tablero. Así, sin más. Como el matrimonio.
M.J. Trinidad Ruiz.