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50 pinturas universales para comprender las enfermedades de cara y cuello. Isidoro Monje Gil y Florencio Monje Gil.

¿El rostro es el reflejo del alma? De las dieciséis acepciones de “alma” en la RAE, predomina: vida, persona o la parte principal de algo, lo que impulsa o inspira. Por otra parte el rostro refleja tanto dolencias físicas como psíquicas; nuestros rasgos son el resultado de factores hereditarios que revelan consanguinidad, origen étnico, deficiencias nutricionales o la herencia genética familiar entre otros; y la infinidad de expresiones posibles son nuestras emociones o intenciones.
Si no es el reflejo, es la sombra.
El libro de estos dos coautores, los hermanos Monje Gil, nos desvela hasta un punto inquietante lo que el rostro muestra sin que la mayoría lo veamos. A través de 50 pinturas, con una reseña artística a cargo de Isidoro y una patológica realizada por Florencio, profesionales ambos en sendas materias.
Hasta la edad media el ser humano no ha reflejado en un retrato aquello que nos parece una debilidad, algo negativo: la vejez, la fealdad y la deformidad (J.Sierra). Hasta entonces, los rostros como los cuerpos se ajustaban a los estándares de la época e incluso tras hacer una radiografía a algunas de las obras, se descubre que algunas han sido raspadas y vueltas a pintar con distintos volúmenes. Esto podría ser un ajuste del pintor o… lo que viene a ser el filtro de cualquier TikToker Cute. En este universo digital hemos superado al imperio romano, por entonces los torsos eran iguales pero al menos cambiaban la cabeza, ahora hasta los rostros son difíciles de diferenciar.
Durante siglos, la fealdad extrema ha provocado repulsión y rechazo social hasta el punto de convertirse en seres maléficos. En la obra de Goya, Las Parcas, el Dr. Florencio explica como una de ellas tiene los rasgos de acromegalia, un aumento exagerado de la hormona del crecimiento que provoca que sus facciones sean muy toscas. En el lado opuesto, un mismo discurso expresado por alguien con un rostro atractivo, tiende a ser percibido como más creíble. El rostro nos condiciona.
Es fundamental mirar el retrato sin descontextualizarlo, ya que en tiempos de Rafael, el estrabismo era una marca de aquellos capaces de ver y comprender este mundo… y el otro. Era una señal de vidente, una afirmación de que el retratado trascendía las apariencias de su época. (J.Sierra). O recordemos que Fernando VII se conocía como “El Deseado”. Quien no se consuela es porque no quiere.
Aquello que en otros tiempos simbolizaba censura, miedo o repugnancia, ahora nos puede producir ternura o compasión, como son los retratos de enfermos o deformes tratados como monstruos. Me conmueve en concreto el caso de un niño mendigo, descalzo, con un pie deforme y los dientes podridos, que el Dr. Isidoro, nos explica que está pintado desde un punto de vista bajo, como los retratos reales y esto le otorga dignidad a pesar de su condición. En obras como ésta se aprecia la ética e intencionalidad de los pintores de reflejar la realidad sin el paño de los prejuicios.
Imposible volver a mirar con los mismos ojos la cotidianidad en la pintura, la perfección es bella, pero la imperfección resulta auténtica. Y ya puesta, decir que la dignidad no está en la piel de armiño y el ansia de pasar a la posteridad, más bien se encuentra en la generosidad del que posa sin saber el significado siquiera de la palabra futuro.
Tal vez la portada de este libro es su propia esencia, la confrontación de la fealdad, la vejez y la enfermedad frente a la belleza, lozanía y pulcra niñez, y cómo el amor que ambos se profesan trasciende toda barrera. Una imagen de admiración y ternura que abraza el alma.
“La belleza del rostro es frágil, es una flor pasajera, pero la belleza del alma es firme y segura”. Molière.
M.J. Trinidad Ruiz